Carolina Bockmeulen en TELOS: smartphones amenazan la infancia

marzo 2026

Desde el año 2010, la salud mental de los adolescentes ha experimentado un quiebre crítico. El aumento en los indicadores de depresión y tristeza coincide con la masificación de los teléfonos inteligentes, que transformó lo que antes era una infancia de juegos al aire libre en un experimento digital de consecuencias todavía desconocidas.

Esta es la conclusión a la que llegó la profesora y directora de la Escuela de Matemáticas Industriales, Carolina Bockmeulen, durante el ciclo de seminarios de TELOS: generación alfabeta, que se llevó a cabo en la Sala Mendoza de la Universidad Metropolitana (UNIMET).

Los datos presentados resultan, a su juicio, alarmantes, especialmente para las jóvenes. Según lo expuesto por Bockmeulen, en menos de una década, la persistencia de sentimientos de tristeza o desamparo en las niñas saltó del 36% al 56%

Este incremento, expuso, rompe con las tendencias estables de décadas pasadas y sitúa a la “Generación Z” como la primera en crecer con un dispositivo de alta tecnología en el bolsillo desde la pubertad sin conocer sus riesgos.

De la bicicleta a la pantalla

El cambio de paradigma es radical. La profesora destacó que la transición de una infancia basada en el movimiento a una centrada en el dispositivo móvil ha alterado el desarrollo social. “Pasamos de una infancia basada en juegos a una infancia basada en el teléfono”, advirtió al recordar que el contacto físico y la convivencia presencial han sido sustituidos por la interacción virtual.

Esta nueva realidad no afecta a todos por igual. Mientras que en las niñas el impacto se traduce en mayor ansiedad por la comparación social y la búsqueda de aceptación, en los varones las señales de alerta se vinculan al aislamiento y un aumento en las tasas de suicidio, dijo.

La docente señaló que estudios identificaron cuatro factores clave que deterioran el bienestar juvenil: la falta de sueño, la comparación social constante, la interrupción de la atención y la pérdida de barreras en la convivencia. Al no tener al interlocutor frente a frente, el adolescente pierde la capacidad de medir el daño que causan sus palabras.

“No fuimos creados para interactuar con millones de personas a la vez. Cuando le ponemos un comentario a alguien en redes sociales, no vemos cómo está reaccionando esa persona porque no la tenemos enfrente”.

La dependencia al smartphone acompaña al joven incluso en la cama, provocando cuadros de ansiedad por falta de descanso. Bockmeulen dijo que la sociedad ha permitido un “experimento masivo” en los jóvenes sin conocer las consecuencias a largo plazo.

Resaltó que la interrupción constante de las notificaciones genera una tensión permanente que degrada la atención. En este escenario, el bienestar emocional queda supeditado a un like y deja a una generación vulnerable ante una tecnología que no conoce fronteras entre la vida privada y la exposición pública.

Para concluir, Bockmeulen propuso alternativas para mitigar los efectos de la alta exposición a los smartphones sin estigmatizar la tecnología. Entre sus recomendaciones destacan el fomento de la presencialidad, la recuperación del diálogo directo y la regulación del uso mediante la reducción de notificaciones y el establecimiento de horarios de desconexión. Asimismo, enfatizó la importancia de la alfabetización emocional digital, cerrando así con una reflexión crítica: «La pregunta no es ¿pantallas sí o no?, sino ¿qué tipo de infancia y adolescencia estamos construyendo con ellas?»