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Sandro Penna

   

Traducción y selección: Carmen Leonor Ferro


Mientras otros poetas de su generación se acercaron psicológicamente a los dilemas del espíritu, construyeron discursos intelectuales, estudiaron formas y asumieron el hermetismo, Sandro Penna escribía uno de los documentos amorosos más notables de su época. De allí que en las antologías de poesía italiana se le nombre como poeta "no clasificable".

Estuvo inicialmente más cerca de las calles que de los círculos de cultura literaria. Había nacido en Perugia en 1906 y se mudó definitivamente a Roma cuando tenía 23 años. Desde entonces se dedicó al trabajo de librero y a la escritura de sus poemas.

Como lo habrían hecho Safo en su momento y probablemente Kavafis, Penna construyó un universo poético a partir del sentimiento amoroso por jóvenes adolescentes. Se dedicó a escribir pequeños poemas de amor, asombrosos por su transparencia y por la sencillez del lenguaje. Más que interesarse en una poesía socialmente comprometida, o que se planteara explicar o transformar el mundo, sus textos se detienen a nombrar la belleza y se regocijan en la vida de los suburbios y pueblos anónimos. Le seducía la oscuridad de las tabernas, el paso de los obreros y el amor ilícito.

Umberto Saba, uno de los grandes poetas de la época, su gran interlocutor y maestro, fue el primero en reconocer la importancia de los textos de Penna, "pequeños milagros" libres de retórica literaria. Saba admiraba al poeta que podía abordar los grandes temas a través de "un lenguaje que no esconde tras de sí la poesía, sino que constituye en sí mismo la poesía".

El mundo poético de Penna, de apariencia sensorial, reverencia y celebra casi obsesivamente el amor. Una especie de emoción extática, que pareciera rozar la experiencia religiosa, ocupa sus historias y descripciones.

En el fondo, el enamoramiento de Penna y su atención a ese universo de sensualidad, da lugar a una poética existencial llena de profundidad y sentido.

La pureza con la cual se entrega al acto transgresor, su rechazo a "la mirada aristocrática y prepotente del intelecto sobre todas las cosas", son los puntos de partida de su diálogo con esa Italia que nombró y contó como ningún otro escritor de su tiempo.

Carmen Leonor Ferro



Las puertas del mundo no saben
que afuera las busca la lluvia.
Las busca. Las busca. Paciente
se pierde, regresa. La luz
no sabe de la lluvia. La lluvia
no sabe de la luz. Las puertas,
las puertas del mundo están cerradas:
cerradas a la lluvia,
cerradas a la luz.

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Regresaba el burgués a su casa
hacia el mediodía. A la orilla del río
un joven obrero desahogaba
sus placeres de guerra lanzando al agua
piedras veloces. De pronto al burgués le gustó
aquel juego bajo el sol y dijo palabras
de cauta simpatía. Pero el obrero
frunció el ceño, desacostumbrado a estas confianzas.
Tuvo que insistir el burgués de un modo amoroso
aclarando el asunto.
Cuando de pronto apareció detrás de la altiva
Expresión una luz nitidísima
pero qué nítida.
Volvió el burgués
a su casa con la nueva luz.

Adentro

No había nadie en la portería.
Una luz incidía sobre las pobres camas
sin tender. En una mesa aparte
dormía un muchacho
bellísimo.
De sus brazos salió
ofuscado, vacilando, un gatico.


Sandro Penna