Marie Howe
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Traducción y selección: Mori Ponsowy
¿Qué hacen los vivos?”, se pregunta Marie Howe en un poema. Y su respuesta es tan simple como el lenguaje que caracteriza su poesía: preparan el desayuno, barren la calle, hacen el amor. Los problemas de todos los días, y no la metafísica o la reflexión abstrusa, son los temas que preocupan a esta escritora norteamericana que en pocos años ha recibido algunos de los reconocimientos más importantes de su país, como el Peter Lavan Younger Poet Award de la Academia de Poetas Norteamericanos, una beca de la Fundación Guggenheim, y otra del National Endowment for the Arts.
Lejos del juego ingenioso de palabras, Howe revela emociones con lenguaje claro y una pasmosa sinceridad que la situa junto a otros importantes poetas narrativos de lengua inglesa como Mark Doty y Sharon Olds. La suya es una poesía de frases largas y elegantes en donde la intensidad de la emoción es inversamente proporcional a la complejidad del lenguaje. Pertenece a esa línea tan norteamericana del exteriorismo y la crónica de dramas interior-familiares que, a través de una precisión de anatomista y una neutralidad aparentemente gélida, consigue fijar escenas de la vida cotidiana con una distancia y una fidelidad que sólo la fotografía podría dar pero, al mismo tiempo, con ese talento para ver más allá de lo dado, para insinuar, para decir sin decir, para mostrar sin señalar, que caracteriza a la mejor literatura de todos los tiempos.
Este libro (que no hemos traducido aquí en su totalidad) sigue una estructura narrativa lineal, empezando con los primeros recuerdos de Howe, pasando por su iniciación sexual en séptimo grado, hasta llegar a la adultez y a la enfermedad y muerte del hermano querido, víctima del SIDA. En las últimas secciones, a medida que el dolor va menguando, la autora se asoma nuevamente al mundo de los vivos, comienza a desprenderse de los que ya no están. Pero aun entonces, en su poesía está presente esa fascinación por la tenue línea que separa a unos de otros, ese constante preguntar por el significado de nuestra vida. “Cómo es posible”, decía Howe en una entrevista publicada en Radcliffe Quarterly, “que en un momento alguien tenga vida, y al instante siguiente ya no. La mano está tibia, y al minuto siguiente deja de estarlo: alguien se ha ido. El embarazo es similar: no hay nada, y de pronto, hay algo. ¿De dónde vino? Vivo obsesionada con ese momento.”
Tal vez se trate de las mismas preguntas de siempre. Las que se hacen los niños al intentar entender el mundo que los rodea. Las que siguen formulándose los adultos, cuando se atreven. Aquéllas que quizá sólo a través de la poesía encuentren una respuesta.
Mori Ponsowy
Comprando un bebé
En aquel tiempo podías comprar un bebé pagano por cinco dólares,
toda la clase ahorraba. Y cuando lo comprabas
le podías poner José, María, o Teresa, la clase elegía.
Pero el día que yo llevé los cinco dólares
que mi abuela me había dado por mi cumpleaños algo pasó
—¿una alarma de incendio? ¿un asesinato? Y si alguien anunció
Marie Howe ha comprado, ella sola, un bebé en la India y puede ponerle un nombre,
la noticia fue opacada y se olvidó.
Y si yo traté de imaginar mi bebé, el paquete que ponían
delante de su choza mientras sus hermanos miraban,
la imagen se desvanecía a lo largo del corredor que llevaba al baño de niñas.
Ni siquiera en mi propio cuarto, esperando que Roy Orbison cantara “Sólo los solitarios”
para poderme dormir, lograba imaginar al bebé.
Nunca le llegarían los cinco dólares que le di, lo sabía:
porque yo quería que toda la clase me pensara buena por haberlos dado.
Orgullo espiritual lo llamaban las monjas, un Pecado de Intención,
hermano del Pecado de Omisión, que era
el precio por lo que no habías hecho sino pensado.
A veces pedía con tanto fervor que Dios se materializara al pie de mi cama
que empezaba a pasar;
entonces rogaba que se detuviera, y lo hacía.
La madre
En su vejez temprana las uñas de los pies se curvan sobre sus dedos
de forma que cuando avanza por la cocina algunas hacen clic.
junto al cesto de la ropa sucia, inmóvil,
como una estatua en ese juego de niños que juegan sus niños—
y el zumbido suave de la voz vigilante de su hija, alegando razones,
elevándose, y la primera bofetada,
y el chirrido de la silla de su hijo empujada hacia atrás del escritorio,
el aire espeso con sus escuchares separados,
y de nuevo la voz de la niña, llorando quedamente, el crujir de su cama…
En el juego, alguien debe tocarte para hacerte libre
y entonces eres de nuevo humano.
Ahora
Mi hermano abre los ojos cuando escucha el clic de la puerta de abajo,
y los pasos de Joe que suben pasando el maullar del gato,
y el segundo ruido de la puerta de arriba, y entonces levanta el rostro para que Joe pueda besarlo. Joe vino con los brazos llenos
de ramas de magnolia en flor, ahora busca en la cocina
un jarrón grande para ponerlas y lo encuentra.
Se elevan en la sala, blancas y dulces, justo donde
John alcanza a verlas si se reclina un poco en la cama, cosa
que no puede hacer ahora. Joe limpia. Qué desorden
me has dejado, dice, y John sonríe, casi dormido una vez más.
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